El 14 de agosto de cada año, acabadas las solemnes Vísperas de la Asunción de María, cantadas sobre el mismo escenario de la Festa o Misteri d’Elx por el clero de la Basílica de Santa María, comienza el primer acto de la representación sacra ilicitana, conocido genéricamente con el nombre de Vespra, y que de esta manera se diferencia del segundo acto, denominado Festa.
A las seis de la tarde sale el cortejo de actores de la representación que acompaña a María desde la vecina ermita de San Sebastián. Encabezan este séquito el arcipreste de Santa María y los Caballeros Electos y Portaestandarte. Estos caballeros van vestidos con frac y los dos primeros llevan sendos bastones dorados en señal de autoridad. A continuación van los personajes de la obra, seguidos por los miembros del Patronato Nacional del Misterio, organismo encargado de la organización y custodia del drama asuncionista. El corto trayecto hasta la Basílica lo abre la Banda Municipal de Música que interpreta un pasodoble escrito por el maestro Javaloyes, músico ilicitano, titulado El Abanico.

El acto propiamente dicho comienza al aparecer la Virgen y sus acompañantes por la puerta mayor del templo. La María Mayor está representada por un niño de pocos años, vestido con una túnica blanca y un manto azul, que lleva en la cabeza una diadema dorada. Su pequeña corte está formada por María Salomé y María Iacobe que visten de manera similar a la Virgen y llevan escrito su nombre en las diademas correspondientes. Además, también forman parte de este cortejo dos ángeles de cojín – denominados así por llevar en las manos, cada uno de ellos, un cojín de terciopelo rojo – y cuatro ángeles de manto. Todos estos personajes también son encarnados por niños. Cabe recordar aquí que el teatro religioso medieval no permitía la participación de mujeres en estas representaciones.
En el momento en que los jóvenes actores aparecen por la puerta de la iglesia, los sonidos del órgano invaden el interior del templo. Tanto la Virgen María, la María como es conocida popularmente en Elche, como su séquito quedan entre el umbral de la puerta mayor y el inicio del andador.
Éste es un corredor en forma de plano inclinado que, cubierto de una alfombra gruesa y con barandillas laterales, conduce desde la puerta mayor hasta el cadafal (catafalco) montado entre el crucero y el prebisterio. Mientras, el arcipreste y los Caballeros suben por el andador y ocupan sus asientos situados en dos ampliaciones de este corredor, próximos al escenario.
El niño que representa a la Virgen, mirando hacia el altar mayor de la iglesia, canta a sus acompañantes suplicando su ayuda en un día tan importante: ” Hermanas mías, yo querría pedir algo en este día: ruégoos no queráis dejarme, pues tanto mostráis amarme.”
Germanes mies, jo voldria
fer certa petició aquest dia:
prec-vos no em vullau deixar
puix tant me mostrau amar.
Los miembros del séquito mariano le responden con otro canto donde manifiestan su fidelidad absoluta:
Verge i Mare de Déu,
on Vós voldreu anar
vos irem a acompanyar.
María avanza unos pasos y, arrodillada sobre los dos cojines rojos que llevan los ángeles que la acompañan, expresa su gran deseo de reunirse con su Hijo:
Ai, trista vida corporal!
Oh, món cruel, tan desigual!
Trista de mi! Jo què faré?
Lo meu car Fill, quan lo veuré?
María, siempre rodeada de su corte, inicia el ascenso del andador. En su camino hacia el cadafal se detiene en tres ocasiones. En cada una de ellas se arrodilla sobre los dos cojines y, vuelta hacia unos pequeños grupos escultóricos colocados sobre los pilares de la nave del templo, realiza una especie de Via Crucis que recuerda la Pasión de su Hijo.
El primero de estos altarcillos representa el Huerto de Getsemaní y delante de él María canta:
Oh, Sant Verger Getsemaní
on fonc pres lo Senyor aquí!
En tu finà tracte cruel
contra el Senyor d’lsrael.
Unos pasos más adelante, se detiene frente a la representación del Monte Calvario:
Oh, Arbre Sant digne d’honor,
car sobre tots ets lo millor!
En tu volgué sang escampar
Aquell qui lo món volgué salvar.
Finalmente, se arrodilla delante del Santo Sepulcro y entona la siguiente cuarteta:
Oh, Sant Sepulcre virtuós,
en dignitat molt valerós,
puix en tu estigué i reposà
Aquell qui cel e món creà.
Acabados estos tres cantos, los personajes continúan su camino hacia el cadafal. Éste, de forma cuadrangular y recubierto por una alfombra gruesa con dibujos y colores iguales que los del andador, está rodeado por una pequeña balustrada con columnas salomónicas. Sobre esta baranda hay doce cirios que iluminan y delimitan el espacio del cadafal. A la izquierda, podemos ver un lecho cubierto de velos blancos de seda. A la derecha, ocho asientos destinados a los personajes del cortejo mariano.
Ya en el cadafal, María se arrodilla encima del lecho que hemos descrito y las dos Marías y los ángeles de cojín se sitúan de pie a su alrededor. María, vuelve a manifestar su deseo de reunirse con su Hijo:
Gran desig m’ha vengut al cor
del meu car Fill ple d’amor,
tan gran que no ho podria dir
on, per remei, desig morir.
Acabada la petición de María, se abren las puertas del cielo que están simuladas en una lona pintada con nubes y tonos azules, que cubre por completo el tambor y la cúpula del templo. De este «cielo», tan solo es practicable una abertura cuadrada, que coincide con el centro del cadafal, y que se abre y cierra mediante un juego de puertas corredizas denominadas «las puertas del cielo». A través del agujero que dejan estas puertas al ser abiertas, y suspendido por una maroma gruesa, hecha de cáñamo, comienza a bajar un aparato que conocemos con el nombre de Núvol o Mangrana. De forma esférica y color rojo, su exterior está adornado con dibujos geométricos, racimos, espigas y apliques dorados, y de su extremo inferior cuelga una borla dorada.
Una vez despasadas las puertas del cielo, mediante unos tirantes, la Mangrana comienza a abrirse en ocho alas o gajos, al tiempo que se cierran las mencionadas puertas. En el interior del artefacto totalmente recubierto de oropel descubrimos un niño que, con túnica de color azul celeste y alas de plumas en la espalda, figura ser un ángel. En sus manos lleva una palma blanca adornada con oropel. Esta abertura de las puertas del cielo y salida de la Mangrana es celebrada con las notas del órgano, un volteo de campanas y lanzamiento de cohetes.
Cuando éste ha descendido unos metros, concluyen las muestras de alegría, y el Ángel, después de dejar caer un puñado de oropel cortado en trozos pequeños que guardaba en un pañuelo blanco y que, en su caída, simula una finísima lluvia de oro, inicia su canto. Con su melodía saluda a María, a tiempo que le anuncia que Jesucristo ha oído sus plegarias y quiere complacerla:
Déu vos salve Verge imperial,
Mare del Rei celestial,
jo us port saluts e salvament
del vostre Fill omnipotent.
Lo vostre Fill qui tant amau
e ab gran goig lo desitjau,
Ell vos espera ab gran amor
per ensalçar-vos en honor.
E diu que al tercer jorn, sens dubtar,
Ell ab si us vol apel·lar
alt en lo regne celestial
per Regina angelical.
E mana’m que us la portàs
aquesta palma i us la donàs,
que us la façau davant portar
quan vos porten a soterrar.
Cuando la Mangrana llega al cadafal, los ángeles del cortejo de la Virgen se apresuran a acercarse al aparato con el fin de aflojar los correajes que aseguran al actor durante el descenso. Cuando se encuentra libre, el Ángel se acerca al lecho de María y, arrodillado delante de ella, le hace entrega de la palma después de haberla tocado con los labios y la frente. La Virgen María, con el mismo ceremonial, recoge el singular presente celestial y expresa al enviado de su Hijo un nuevo deseo: que los apóstoles se encuentren presentes en el momento de su tránsito:
Ángel plaent e lluminós,
si gràcia trob jo davant vós,
un do vos vull demanar,
prec-vos no me’l vullau negar.
Ab mon ser, si possible és,
ans de la mia fi jo veés,
los Apòstols ací justar
per lo meu cos assoterrar.
Oída la petición, el Ángel entra de nuevo en la Mangrana y, después de volver a ser atado, inicia el ascenso al cielo al mismo tiempo que comunica a María el cumplimiento de su deseo:
Los Apóstols ací seran
i tots ab brevetat vindran,
car Déu qui és omnipotent
los portarà sobtosament.
I, puix, Verge ho demanau,
lo etern Déu diu que li plau
que sien ací sens dilació
per vostra consolació.
Al llegar la Mangrana a las puertas del cielo, éstas se abren con las mismas muestras de entusiasmo que en la primera ocasión. Los tirantes que mantienen abiertos los gajos del artefacto son aflojados por los operarios de la tramoya del cielo, la Mangrana se cierra y va entrando en el cielo. Las puertas se cierran detrás de ella y, a través de una pequeña portezuela, sólo queda a la vista la borla dorada de la Mangrana.
En el cadafal, cuando la Mangrana se encuentra a pocos metros del cielo, los ángeles de cojín y de manto y las Marías, saludan a la Virgen haciendo una genuflexión delante de ella y pasan a ocupar los asientos preparados en el lado opuesto al lecho.
También en este momento, se levantarán de sus asientos los dos Caballeros Electos, con el objeto de descender por el andador hasta la plaza que hay delante del Portal Mayor. Esta acción, que hoy en día tiene tan sólo un valor simbólico, nos recuerda la época en que estos Electos eran los caballeros que se encargaban de la organización de la Festa, por delegación expresa del Consejo Municipal. Además, dirigidos por el arcipreste de la iglesia que actuaba como maestro de ceremonias, éstos debían salir a llamar a los diferentes actores que, preparados en la vecina ermita de San Sebastián, necesitaban ser introducidos en escena en el momento oportuno. Los Caballeros Electos, como vemos, actuaban como verdaderos avisadores o traspuntes teatrales.
Una vez cerradas las puertas del cielo, vuelven a entrar los Caballeros Electos y ocupan sus asientos. Con esta salida simulan haber ido hasta la capilla de San Sebastián al objeto de indicar al actor que interpreta el papel del apóstol San Juan que debe entrar en escena. Este apóstol aparece al inicio del andador, vestido con una túnica blanca y un manto verde. En la mano izquierda lleva un libro viejo de pergamino que representa ser su propio Evangelio. A medida que camina por el andador, realiza gestos y expresiones de extrañeza delante de la misteriosa fuerza que le empuja a recorrer aquel camino tan singular. Hacia la mitad del andador, cuando San Juan descubre a María arrodillada sobre su lecho, acelera el paso y la saluda besándole las manos. Con su canto expresa la alegría que le provoca tan inesperado reencuentro:
Saluts, honor e salvament
sia a vós, Mate excel·lent
e lo Senyor, qui és del tro,
vos done consolació.
María comunica al discípulo amado de Jesús todo lo que le dijo el Ángel, es decir, la proximidad de su muerte. Además, cuando acaba su canto, hace entrega a San Juan de la palma dorada que le entregó el Ángel:
Ai, fill, Joan e amic meu,
conforte-us lo ver Fill de Déu
car lo meu cor és molt plaent
del vostre bon adveniment.
Ai, fill Joan, si a vós plau,
aquesta palma vós prengau
e la’m façau davant portar
quan me porten a soterrar.
San Juan toma el presente de María y, como ya sucedió en presencia del Ángel, también en esta ocasión el paso de la palma de unas manos a otras siguiendo un ritual de gran sabor oriental, se realiza después de ser besada y tocada con la frente. El discípulo predilecto, cabizbajo, entona entonces un canto triste y lleno de pesadumbre:
Ai, trista vida corporal!
Oh, món cruel, tan desigual!
Oh, trist de mi! Jo on iré?
Oh, llas, mesquí! jo què faré?
Y dirigiéndose de nuevo a María exclama:
Oh, Verge, Reina imperial!
Mare del Rei celestial!
Corn nos deixau ab gran dolor,
sens ningun cap ne regidor?
A continuación, camina hacia la entrada del cadafal y mirando hacia la puerta mayor llama a sus hermanos en el apostolado:
Oh, Apòstols e germans meus!
Veniu, plorem ab tristes veus,
car hui perdem tot nostre bé,
lo clar govern de nostra fe.
San Juan vuelve a dirigirse a la Virgen y le expresa una vez más su tristeza y desconsuelo ante la pérdida de la madre:
Sens Vós, Senyora, què farem?
E ab qui ens aconsolarem?
D’ulls e de cor devem plorar
mentres viurem, e sospirar.
Mientras San Juan dedica a María esta cuarteta, sube por el andador el apóstol San Pedro, que viste túnica gris y cubre su espalda con un manto granate. En las manos lleva como representación simbólica unas llaves grandes y doradas, en recuerdo de aquellas otras de las puertas del cielo que Jesucristo le entregó. Debemos señalar que este personaje como otros dos más que indicaremos en su momento deben ser representados por un sacerdote, debido a su carácter sagrado.
Con las mismas expresiones de extrañeza que ya hemos visto en San Juan, San Pedro avanza por el andador hasta el cadafal. Una vez que se encuentra delante de María, la saluda besándole las dos manos y, después, abraza a San Juan. Dirigiéndose a María, canta con voz grave:
Verge humil, flor de honor,
Mare del nostre Redemptor,
saluts, honor e salvament
vos done Déu omnipotent.
Al mismo tiempo que resuenan las notas de este canto, suben por el andador hasta el cadafal seis apóstoles que también hacen los gestos de extrañeza que ya hemos comentado anteriormente. Todos ellos visten de una manera similar: túnica ceñida con un cordón, un mantón sobre los hombros y sandalias. Los apóstoles, se acercan al lecho de María y la saludan besándole las manos y haciendo una genuflexión delante de ella. Al acabar, saludan a San Pedro y San Juan con abrazos amistosos.
Hay que hacer notar que uno de estos seis personajes es el Maestro de Capilla o director musical de la Festa que, caracterizado como un apóstol más, podrá dirigir los cánticos de forma directa y discreta.
En este momento, la acción dramática se traslada al andador donde, a pocos pasos de su inicio, comienza una escena de la Festa, denominada Ternari por la confluencia en este punto de tres apóstoles. Cada uno de ellos ha accedido al escenario por una de las tres últimas puertas de la iglesia, es decir: la puerta mayor, la de San Agatángelo y la de la Resurrección, denominada erróneamente, puerta de San Juan. Uno de los apóstoles es San Jaime, que viste hábito de peregrino: túnica, capa adornada con conchas, un sombrero a la espalda y un bastón largo del cual cuelga una calabaza para el agua. La entrada simultánea por tres accesos diferentes simboliza el encuentro de los discípulos en un cruce de tres caminos. Los apóstoles se saludan entre si con muestras de alegría y sorpresa y, extrañados por la singular novedad de encontrarse reunidos en ese lugar, cantan:
Oh, poder de l’alt imperi,
Senyor de tots los creats!
Cert és aquesc gran misteri
ser ací tots ajustats.
De les parts d’ací estranyes
som venguts molt prestament,
passant viles i muntayes
en menys temps de un moment.
Avanzan unos pasos por el andador y cantan de nuevo:
Ab gran goig, sens improperi,
som ací en breu portats.
Cert és aquest gran misteri
ser ací tots ajustats.
De les parts d’ací estranyes
som venguts molt prestament,
passant viles i muntanyes
en menys temps de un moment.
Acabado el canto, los tres apóstoles avanzan hacia el cadafal. Entran en él y, como ya hicieron los que les precedieran, saludan a María, San Pedro y San Juan. De esta manera, los apóstoles se reúnen alrededor de María, dando cumplimiento a lo que manifestara el Ángel de la Mangrana. Sólo echamos en falta la presencia de Santo Tomás, que no comparecerá hasta el final del acto segundo. Hay, pues, once personajes adultos sobre el cadafal. Todos juntos entonan singular canto que aparece escrito en valenciano y en latín. Se trata de una salve dedicada a la Virgen, que los apóstoles inician arrodillados. Después del primer verso se ponen de pie y, a partir de este instante, por grupos tenores, barítonos y bajos, van realizando inclinaciones profundas a medida que va desarrollándose la melodía:

Salve Regina, princesa,
Mater Regis angelorum,
advocata pecatorum,
consolatrix aflictorum.
L’omnipotent Déu, Fill vostre,
per nostra consolació,
fa la tal congregació,
en lo sant conspecte vostre.
Vós, molt pura e defesa,
reatus patrum nostroum,
advocata pecatorum,
consolatrix aflictorum.
El último verso de la Salve coincide con la caída de rodillas de todos los apóstoles, excepto San Juan, que con la palma dorada en pie a modo de bastón, es el único personaje que siempre permanece de pie a lo largo de toda la obra. Instantes después se levanta san Pedro y, dirigiéndose a María, canta:
Oh, Déu, valeu! e què és açò
d’aquesta congregació?
Algun misteri amagat
vol Déu nos sia revelat.
Acabada la cuarteta, San Pedro vuelve a arrodillarse. Las dos Marías y los ángeles del séquito mariano abandonan sus asientos y se colocan en la cabecera del lecho. Entonces, la María Mayor toma una vela encendida en sus manos. Es el preludio de su muerte. Con voz triste y entrecortada, pide a sus hijos que entierren su cuerpo en el Valle de Josafat:
Los meus cars fills, puix sou venguts
i lo Senyor vos haja duts,
mon cos vos sia acomanat
lo soterreu en Josafat.
Con las últimas notas del canto, cae María muerta sobre el lecho. Los apóstoles y las Marías se acercan a ayudarla. Todos los personajes que rodean el lecho, con la acción de ayudar a María, con su actitud, lo que hacen realmente es ocultar a la vista del público una parte interesante de la tramoya del drama que sucede en estos momentos. El niño que interpreta a María, después de caer muerto, es bajado al interior del cadafal mediante una persiana que corre por unas guías inclinadas de madera colocadas bajo el mismo lecho. A continuación sube a la superficie del lecho una pequeña plataforma con la imagen de la Virgen de la Asunción, patrona de Elche, en actitud yaciente. De esta manera queda incorporada a la escena la figura de la Virgen venerada en la Basílica de Santa María. Su rostro está cubierto por una máscara con los ojos cerrados, con el fin de simular su muerte.
Con el cuerpo de María tendido en el lecho, los apóstoles, con cirios encendidos en las manos, entonan un bello canto fúnebre con el cual expresan la esperanza de la próxima resurrección:
Oh, cos sant glorificat
de la Verge santa i pura
hui seràs tu sepultat
i reinaràs en l’altura.
Concluido el canto emocionado de los apóstoles, se abren de nuevo las puertas del cielo y comienza el descenso de un nuevo artefacto aéreo llamado Araceli o Recèlica. Se trata de un aparato aéreo en forma de retablo, construido en hierro y forrado de oropel. Lo conforman cuatro repisas colocadas simétricamente alrededor de un hueco central. En las plataformas superiores aparecen arrodillados dos actores que figuran ser ángeles y que tocan una guitarra y un arpa, respectivamente. Las plataformas inferiores las ocupan dos niños con sendas guitarras pequeñas y que también figuran ser ángeles. El hueco central está destinado al denominado Ángel Mayor, que aparece de pie y revestido con alba y estola sacerdotal, debido a que este personaje también ha de ser interpretado por un religioso.
Un vez que el Araceli ha traspasado las puertas del cielo, una nueva lluvia de oropel cae sobre el cadafal. Justo en ese momento el coro angélico inicia su canto con el objeto de comunicar a María su futura Asunción:
Esposa e Mare de Déu
a nós, àngels, seguireu.
Seureu en cadira real
en lo regne celestial.
Car, puix en Vós reposà
Aquell qui cel e món creà,
deveu haver exalçament
e corona molt excel·lent.
Apòstols e amics de Déu,
aquest cos sagrat pendreu
e portau-lo a Josafat
on vol sia sepultat.
Al llegar el Araceli al cadafal, sin detener su canto, penetrará en el mismo escenario a través de un gran escotillón central que, disimuladamente, han abierto los operarios que están escondidos en el interior. Sin embargo, su estancia dentro del cadafal será muy breve. Tan sólo el tiempo justo para que el Ángel Mayor recoja una pequeña talla de la Virgen vestida con velos blancos, que representa el alma de María. Con estas acciones se quiere simbolizar de forma visual la separación del alma del cuerpo, es decir, la muerte efectiva de la Virgen. En su ascenso, los ángeles entonan de nuevo las mismas estrofas que en su descenso. Cuando el Araceli llega al cielo concluye el primer acto o Vespra de la representación.
Acabada esta parte de la representación, sólo queda que el arcipreste y los Caballeros Portaestandarte y Electos, entrando en el cadafal, besen los pies de la Virgen en señal de devoción y respeto. De igual manera proceden las Marías, los ángeles del cortejo y los apóstoles. El último en hacerlo es San Juan, que, además, deja sobre la imagen de la Virgen, cruzada sobre el pecho, la palma dorada. A continuación, en forma de séquito, salen los actores hacia la ermita de San Sebastián.
Guía de la representación, Joan Castaño García © Patronato Nacional del Misteri d’Elx
© Institut de Turisme d’Elx.
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